martes, febrero 19, 2008

Fidel/Lafargue:



Ahora que Fidel ha declinado su papel como líder de la revolución cubana, es bueno recordar los orígenes del marxismo. Latinoamérica ha estado presente en los inicios del pensamiento marxista. Ese papel, que duda cabe fue cubierto por otro cubano ejemplar, el barbudo Paul Lafargue. Yerno de Karl Marx, se casó con su segunda hija, Laura, ha pasado a la posteridad por ser el autor de una obra maestra y controversial: El DERECHO A LA PEREZA (1883). Es un ensayo que escribió durante su tiempo de reclusión en la cárcel. Es notoria la parodia que hace del Manifiesto Comunista al inicio.

Capítulo 1: Un dogma desastroso

"Seamos perezosos en todo, excepto en amar
y en beber, excepto en ser perezosos"

Lessing


Un espectro se cierne sobre las clases obreras de los países en que reina la civilización capitalista; un espectro que en la sociedad moderna tiene por consecuencia las miserias individuales y sociales que desde hace dos siglos torturan a la triste Humanidad. Ese espectro es el amor al trabajo, el furibundo frenesí del trabajo, llevado hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y su progenitura. En vez de reaccionar contra esta aberración mental, los curas, los economistas y los moralistas han sacrosantificado el trabajo.

(...) En la sociedad capitalista, el trabajo es la causa de toda degeneración intelectual, de toda deformación orgánica.

(...) Los griegos de la gran época no tenían más que desprecio por el trabajo: solamente a los esclavos les era permitido trabajar: el hombre libre no conocía más que los ejercicios corporales y los juegos de la inteligencia. Fue aquel el tiempo de un Aristóteles, de un Fidias, de un Aristófanes; el tiempo en que un puñado de bravos destruía en Maratón las hordas del Asia, que Alejandro conquistó enseguida.

Los filósofos de la antigüedad enseñaban el desprecio al trabajo, esta degradación del hombre libre; los poetas entonaban himnos a la pereza, este don de los dioses (...).

Cristo, en su sermón de la montaña, predicó la pereza:
"Contemplad cómo crecen los lirios de los campos; ellos no trabajan, ni hilan, y sin embargo, yo os digo, Salomón, en toda su gloria, no estuvo mejor vestido".
Jehová, el dios barbudo y áspero, dio a sus adoradores supremo ejemplo de la pereza ideal: después de seis días de trabajo se entregó al reposo por toda la eternidad.

¿Cuáles son, en cambio, las razas para quienes el trabajo es una necesidad orgánica? (...)

¿Cuáles son la clases que aman el trabajo por el trabajo? Los campesinos propietarios, los pequeños burgueses (...).
Y también el proletariado, la gran clase de los productores de todos los países, la clase que, emancipándose, emancipará a la Humanidad del trabajo servil y hará del animal humano un ser libre, también el proletariado, traicionando sus instintos e ignorando su misión histórica, se ha dejado pervertir por el dogma del trabajo.

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